Venezuela y el monopolio de la generosidad

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Puro sentimiento
El 6 de diciembre de 1998 Hugo Chávez llegó al poder por el voto popular; se cumplieron, pues, dos décadas de la revolución bolivariana en las postrimerías de 2018. Mi balance de este periodo espera por un libro que, promesa de año nuevo, escribiré pronto, pero en estas líneas me propongo un primer ejercicio que aborda un rasgo central de la época que inauguró la victoria del teniente coronel: el imperio del sentimentalismo, de esa degeneración del sentimiento que apela a la lágrima por contagio, a la emoción inmediata, al irracionalismo más puro. Una de las significaciones de la palabra sentimental, según la Real Academia de la Lengua Española, remite a la expresión exagerada de los sentimientos. Así, tirios y troyanos han sido embargados por el patetismo, la lástima, la exaltación de la propia bondad, la superioridad de los sentimientos personales frente a los sentimientos de los otros. No hablo de moral, de ética o de ideas políticas, sino de un curioso e irrefrenable impulso: presentarse como una suerte de corazón que camina, un generoso innato. Hay un gozo especial en mostrar “que se tiene alma”; los que no compartan el sentimentalismo son “desalmados”, se les “pudrió el alma” o “la perdieron”. En Venezuela, en resumen, se aspira siempre al monopolio de la generosidad.

En el nombre de los pobres
Hugo Chávez fue un experto en la política de las emociones. Intemperante, virulento y cursi, su militarismo rampante recordaba a Juan Domingo Perón pero su tendencia al patetismo recordaba más bien a Evita, la esposa del caudillo. Evita y Hugo murieron a causa del cáncer y parte de la población de sus respectivos países los lloró como huérfanos que pierden a sus padres. No pudo ser de otra manera pues los delirios religiosos que desatan estas personalidades histriónicas se relacionan directamente con su bondad personal, alimentada eso sí por el erario público. “Gracias, Chávez” o “Gracias a Chávez” se convirtió en una constante propagandística en la que el “pueblo pobre” agradecía al caudillo la bolsa de comida, la casa, el tratamiento médico o las infaltables becas, como si los recursos para tales asistencias fueran dádivas personales. Lo peor es que ya todas esas políticas habían sido instrumentadas por los gobiernos del periodo civil de la historia de Venezuela (1958-1998), pero la propaganda oficial las convirtió en actos de amor cristiano cuando no eran más que las clásicas políticas clientelares de reparto de renta petrolera, las cuales dejaron de funcionar luego de malbaratar el dinero proveniente de varios años de precios petroleros altísimos.

Chávez amaba al pueblo, lloraba de pena por los pobres en televisión, juraba que quería vivir con ellos en una casita en Catia; cantaba conmovedoras canciones que llevaban a sus correligionarios a las lágrimas. En nombre de los pobres, las políticas públicas dejaron de existir para convertirse en actos de caridad, en el regalo repartido a los niños sin padres en la navidad. Desde luego, la navidad no esperaba al mes de diciembre: tu voto por mi regalo, fue el eslogan de fondo de todas las campañas del difunto caudillo. Destruyó a Venezuela, mas qué bueno y compasivo era. Chávez siempre pretendió poseer el monopolio de la generosidad, qué duda cabe.

Soy opositor y quiero a los pobres
En vista de que hablar de libertades civiles no convencía a los partidarios del chavismo, la política opositora en parte se volcó a señalar las necesidades: servicios básicos, casa, comida, salud. Venezuela es un país de centroizquierda y ultraizquierda, así que no debe sorprendernos que la política tuviese este sesgo. De hecho, fue una táctica sensata señalar que el gobierno prometía y no cumplía. Lo curioso fue el contagio con el modo chavista de abordar el asunto pues el sentimentalismo empezó a hacer estragos. Recuerdo una escena de un conocido programa de televisión transmitido por el canal Globovisión hace ya unos cuantos años. El conductor del programa entrevistó a una mujer que vivía en una vivienda de cartón y zinc con cinco niños. La conclusión, después del llanto correspondiente acompañado de una música de violín melancólica, es que el gobierno debía dar casa, comida, salud y educación a la prole “porque este es un país muy rico”. No se habló desde luego de anticonceptivos ni de ese recuerdo de otros tiempos llamado “planificación familiar”. Así, en el nombre de la democracia, los sectores populares se convierten en una masa indiferenciada que se define solo por el estómago y no por su humanidad.

No es casualidad que el fracaso del chavismo en cuanto a proveer asistencia y no el mensaje opositor fuese la causa más importante del triunfo de la oposición en 2015, cuando se ganó la Asamblea Nacional. Es innegable que se hizo un esfuerzo gigantesco dentro de canales democráticos, esos que la revolución confiscó a partir de 2015, pero el discurso opositor le ha tenido temor a la fuerza populista del chavismo y ha tratado de disputarle el monopolio de la generosidad. En las elecciones presidenciales del 2012 se hizo el esfuerzo de copiar el discurso sentimentaloide de la revolución para ganar votantes, lo cual fracasó por la misma razón que falla alguien que intente conquistar a una persona imitando a su pareja. Existen políticos que han tratado de presentarse ante el electorado como ángeles protectores y no como líderes, denunciando la falta de comida y medicinas con un dramatismo que oculta la falta de alternativas y de un lenguaje propio. Eso sí, parecen muy generosos.

Los bondadosos de teclado
Las redes sociales atestiguan el sentimentalismo criollo como atmósfera irrespirable, sin respetar ideologías políticas. Abunda la cobardía pues los bondadosos en grupo pueden manifestar envidia, resentimiento, vulgaridad y un pedestre sentido de pertenencia al colocarse como uno más entre la mayoría acechante. Un ejemplo reciente: una joven insulta en Facebook a un exprofesor, en medio de la aprobación de sus amigos en esta red, porque no le gustó la película Roma, de Alfonso Cuarón, que, según ella, exalta a los pobres. El profesor es un desalmado que odia a los sectores populares, concluye la estudiante presumiblemente temblando de indignación. De forma pública, la joven se rasga las vestiduras y se arrepiente de haber tomado clases con el docente en cuestión, trocado en diabólica criatura porque no le gustó un filme mexicano. No cabe duda, la chica pretende el monopolio de la generosidad.

Pero este caso es si se quiere una tontería al lado de la exhibición de las dádivas en redes sociales, con lo cual se expone públicamente a las personas que las reciben en un contexto autoritario, signado por la escasez y la pobreza. Los bondadosos de teclado no conocen la discreción, desde luego, y pobre de quien les recuerde que la generosidad verdadera es discreta. Curiosamente, en nombre del amor, de la admiración, de la lealtad o de la solidaridad —indispensables para una vida digna de ser vivida, estoy convencida de ello—, los bondadosos del teclado devienen hienas salvajes que actúan “en cayapa”, como se dice en criollo. Ya lo señaló Freud: en masa los individuos son capaces de hacer lo que solos no se atreven.
Hay que prepararse para las hienas babeantes si se defienden la institucionalidad, el honor, el pudor, la discreción, el coraje personal, la responsabilidad sobre el propio destino, la racionalidad en política, el laicismo. Entre las hienas puede estar algún conocido que sorprende por su inquina: la periodista mediocre que no levanta cabeza, el profesor que se fue al exterior y cuyos consejos políticos nadie escucha, algún mediocre con unos tragos de más que teclea por soledad, o el sindicalista sin logros que se muere de envidia porque no ha podido irse de Venezuela. Son aspirantes menores del monopolio de la generosidad.

Dar lástima es una virtud
Causar lástima se ha convertido en un gesto bienvenido pues el chavismo ha elevado la pobreza a la condición de máxima virtud. De este modo, ser menesteroso y decirlo públicamente se ha convertido en una carta de presentación. Por esta razón, unos cuantos colegas aceptaron que los llamaran “pobresores” como forma de atraer la atención de la sociedad a su condición de necesitados. En la misma senda, un diputado de la república se quejó en plena sesión parlamentaria de sus problemas económicos, en medio de la catástrofe general del país. Para colmo, las nuevas generaciones se levantan respirando patetismo; en una oportunidad, una estudiante propuso en una asamblea en la que se discutía ir a huelga que se recogiera dinero entre los alumnos para solventar las necesidades de los docentes. Le dije a la joven que la Universidad Central de Venezuela, como institución pública autónoma, y los académicos a título personal no podíamos aceptar semejante cosa. La muchacha, inteligente y muy consciente, por demás, de la gravedad de la situación profesoral en Venezuela, comprendió al fin, pero le costó mucho aceptar, que la bondad personal puede convertirse en piedad peligrosa, como el título de la novela de Stefan Zweig.

El peligro de esta piedad reside en que se disuelve la frontera entre la vida privada y la actuación pública, la institucionalidad y el voluntarismo individual, la compasión efímera y la racionalidad mínima. Es de lamentar que en Venezuela se confunda la familia con la sociedad, otra herencia del monopolio de la generosidad pretendido por el chavismo: ¿Acaso tiene algo de malo tratar a un profesor o a un médico como se trata a un pariente en apuros que ha perdido el trabajo? ¿Acaso Chávez no era un buen padre dispuesto a satisfacer los requerimientos de su hijo el pueblo? ¿Acaso un eslogan no rezaba Chávez, corazón del pueblo?

La política angélica
El monopolio de la generosidad es ampliamente disputado cuando se trata de entrever el futuro de la atribulada Venezuela. Se han cometido gravísimos robos al erario público y violaciones atroces de los derechos humanos pero, por lo visto, hay gente tan pero tan buena que piensa que solo Cristo salva y que todos debemos sacrificarnos en la cruz del olvido con clavos de impunidad. La cursilería no escasea, tanto en las solemnes afirmaciones respecto a que los chavistas son “hermanos venezolanos”, como en los llamados al perdón y la reconciliación de cantantes de reguetón, por no hablar de políticos opositores que pretenden cohabitar con la tiranía. En todo caso, la impresión que da es que no se manejan adecuadamente los términos que se utilizan. En otras palabras, perdón y reconciliación no son sinónimos de impunidad y son perfectamente compatibles con la justicia, que no con la venganza. Pero como el lenguaje se ha podrido en estos años de ignominia y desastre, pareciera que hemos olvidado que la pedagogía política no está reñida con la precisión del vocabulario.

La política angélica, además, miente como miente el chavismo al servirse de la historia para engañar a los incautos. Decir por ejemplo que los estadounidenses establecieron relaciones de cooperación con alemanes y japoneses en lugar de destruirlos, y que, por lo tanto, debemos abrir los brazos al chavismo y fundirnos en patriótica unión, es por lo menos una tergiversación. Alemania fue bombardeada, invadida por los aliados y dividida en dos estados, además de que los jerarcas nazis y unos cuantos funcionarios fueron juzgados y terminaron sus días ejecutados o en la cárcel. Japón, por su parte, padeció dos bombas atómicas, lanzadas precisamente por los Estados Unidos. En resumen, la cooperación vino después de acciones muy duras. A título de qué se utilizan entonces estos ejemplos si se obvia la terrible lucha por medio de la cual el nazismo fue derrotado. Muy simple: dárselas de bueno pero al mismo tiempo pragmático. Una impostura, en definitiva.


Escrito por: Gisela Kozak Rovero en Literal Magazine

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